viernes. 22.11.2019 |
viernes. 22.11.2019

Travesía electoral (De Goni a Evo)

Por Julio Peñaloza Bretel

Después del trauma colectivo producido por el descalabro del gobierno de la UDP (1982-1985), fulminado por el salarialismo cobista y el boicot de las bancadas empresariales instaladas en  el parlamento de entonces (MNR-ADN), se desdibujaba el horizonte utópico, propio de los idealismos de los 60 y 70, con la reaccionaria visión de los que se empeñaron en convencer a la siempre temerosa y vacilante clase media que los comunistas asociados con los miristas y los movimientistas de izquierda encabezados por Hernán Siles Zuazo, se comerían a nuestros niños, nos arrebatarían nuestras casas y el populacho se apoderaría el país. “La indiada se nos viene encima” diría una tía de esas que respiraba racismo por todos los poros.  

La hiperinflación inauguró un estado de derecho con libertades libertinas que precipitaron el adelantamiento de elecciones y  la apertura de una ventana por la que Jaime Paz Zamora se coló en la papeleta de presidenciables, resignándose a que, finalmente su tío Victor (Paz Estenssoro) sería presidente sin ganar elecciones, asociándose con Banzer como ya lo hiciera en el golpe de Estado en 1971, inaugurando la democracia pactada todavía sin repartija de poder y pegas: El General vivía urgido por demostrar que era tan demócrata como sus pares de la multicolor y multisigno, con el nefasto antecedente de que siete años antes cerraba otros siete de dictadura con Plan Cóndor y masacres de Tolata y Epizana incluídas.

Desde entonces he ejercido ciudadanía en las urnas, en aquella elección de 1985 votando en blanco. Cuatro años después no dudé en marcar por el candidato que se desataba las manos y evitaría que el ex dictador ingresara a Palacio por la compuerta democrática: Goni  no era de izquierda, pero su aparente centrismo prometía librarnos del reingreso de  la bota militar con el betún abrillantado por ese voto duro con  promedio de 20 por ciento, a la silla presidencial. Años después caeríamos en cuenta que el dictador desarrollista de los 70 no era desde la ideología económica muy diferente de ese Sánchez de Lozada que terminó sus días de vida pública como un vulgar represor inducido al suicidio poltico por su Ministro de Defensa, Carlos Sánchez Berzaín. 

Banzer, Paz Estenssoro y Sanchez de Lozada, secundados por Paz Zamora, adscribieron a Bolivia al unipolar neoliberalismo que impidió por dos décadas consecutivas la emergencia de un proyecto alternativo que nos permitiera comprobar esperanzados que otra izquierda era posible. Así sobrevivimos durante ese tiempo en el que nos convencieron que el pragmatismo insensibilizado con las variopintas demandas sociales era el único camino para que el país no se nos muriera.

Rehacios al militarismo dictatorial sudamericano de los 70-80  debidamente digitado por el departamento de Estado norteamericano, creímos con espantosa ingenuidad que Goni sería el empresario distinto que cambiaría las cosas, pero lo único que logró fue posponer, --aparte de dibujar las condiciones del nuevo saqueo a cargo de las transnacionales que tomaría forma en su siguiente gobierno (2002-2003) -- la llegada del General a la presidencia, cosa que finalmente sucedería en 1997, elección en la que al igual que en 1993, no volví a votar por el que ni siquiera llegó a Bachelor en Filosofía y Letras de la Universidad de Chicago, cineasta aficionado y exitoso millonario de la empresa minera mediana COMSUR.    

Voté por Goni en 1989, y en elecciones municipales una vez por Juan del Granado (2004) y otras dos por Luis Revilla (2010 y 2015), convencido de la importancia de la continuidad institucional y programática para La Paz, y fue en 2002 que sufragué por segunda vez en mi vida electoral por un candidato presidencial con el criterio de no entregarle el parlamento en charola de plata a los gonistas, banzeristas y a los manfredistas (de Reyes Villa) y decidí marcar por Evo Morales que perdió apenas por una diferencia de 1.62 por ciento de los votos con un extraño corte de luz en medio de un crucial recuento nunca debidamente explicado por esa Corte Nacional Electoral presidida por nuestro maestro de la Comunicación, Luis Ramiro Beltrán. A partir de entonces continué votando por Evo --2005, 2009 y 2014--, y además voté por el Sí en el referéndum revocatorio que se transformó en ratificatorio (2008), lo mismo que por la nueva constitución política (2009) y por una nueva repostulación el año 2016 con el mismo criterio por el que voté por Del Granado y Revilla para Alcaldes, el de la prioritaria continuidad, en el entendido de que el ciclo político que persigue el objetivo central de la erradicación total de la pobreza extrema no debía ser interrumpido en el contexto de la llamada Agenda 2025, objetivo mucho más posible de alcanzar con el nuevo modelo económico que con el clásico liberal del que ya sabemos cómo fracasó y por qué terminó desmoronándose con presidente escapando en helicóptero desde el colegio Militar de Irpavi.

En la democracia de elección presidencial indirecta, Paz Estenssoro fue presidente con el 30 por ciento de los votos (1985), Paz Zamora apenas con el 22 por ciento (1989), Sanchez de Lozada con el 35 por ciento (1993), Banzer nada más que con el 22 por ciento (1997), con el mismo porcentaje Sanchez de Lozada para su segundo mandato –22 por ciento—(2002) y luego vendrían las palizas de legitimidad propinadas por el sorprendente Evo Morales que ganó la primera vez con 54 por ciento (2005), 64 por ciento la segunda (2009) y 61 por ciento la tercera (2014). 

En el referéndum revocatorio convertido en ratificatorio, Morales logró un aplastante 67 por ciento (2008) y la aprobación de la nueva Constitución Política del Estado alcanzó un 61 por ciento (2009). Desde entonces nos convertimos en Estado Plurinacional de Bolivia y demasiadas cosas han cambiado significativamente para el país, incluída una trama de culebrón muy de melodrama latinoamericano, en el que una señora que ha debido pasar una apreciable cantidad de veces por el cirujano plástico jugó a la mentira mediática propiciada por algún loco del parque  -- todas las ciudades tienen sus locos del parque—que primero afirmó que esta dama había sido madre de un hijo del presidente, para luego de conseguido el triunfo del No el 21F, el mismo personaje dijera que no había hijo. La acusación pasaba por tráfico de influencias entre esta señora de apellido Zapata y el primer mandatario, cosa que nunca pudo demostrarse, pero que sirvió perfectamente, a través de una mentirosa operación mediática, para que el No se impusiera al Sí por tres puntos, cerrándole el paso a la modificación del artículo 168 de la Constitución Política del Estado que permitiría la repostulación presidencial. 

Esta es la historia electoral boliviana en las casi cuatro décadas de democracia ininterrumpida de la que goza Bolivia. Hoy nos encontramos en un atolladero polarizador porque una sentencia constitucional habilitó a Evo Morales para ser nuevamente candidato en las elecciones de octubre de 2019, reconociendo su derecho humano a postularse. Bolivia dijo No, pero Bolivia también dijo Sí –51 contra 48 por ciento—y esa es la contradicción principal entre quienes profieren alaridos en sentido de que Evo no tiene más derecho a ser candidato, y los otros, pertenecientes a las organizaciones de indígenas, campesinos, trabajadores urbanos y neocapitalistas de nuevo tiempo, están persuadidos de lo contrario. El show debe continuar.

Travesía electoral (De Goni a Evo)
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